Cómo fue
En los primeros días de septiembre de 1939, Gran Bretaña evacuó de las ciudades a alrededor de 1,5 millones de personas en apenas unos días. Los niños caminaban en columnas desde las escuelas hasta las estaciones de tren, con una etiqueta de cartón en el abrigo y una sola maleta. Los acompañaban sus profesores, no sus madres: las madres con hijos menores de cinco años también podían ir, pero las demás se quedaban.
También está la historia aparte de los trenes que sacaban a niños judíos de la Alemania nazi y de los países vecinos. Allí, la separación no era una cuestión práctica, sino una condición: concedían visados a los niños, pero no a los adultos. Los padres subían a su hijo al tren sabiendo que quizá no volverían a verlo nunca.
Por qué dejaban atrás a los padres
La lógica era razonable, pero el precio resultó ser más alto de lo esperado. El primer invierno pasó sin bombardeos, y los padres llevaron a casa a más de la mitad de los niños, justo antes de que los ataques comenzaran de verdad. En el otoño de 1940 hubo que repetir la evacuación, y la segunda vez fue más difícil que la primera.
Qué surgió de todo esto
La separación costó más de lo que esperaban los organizadores. Los médicos que trabajaban con niños evacuados vieron que muchos llevaban peor la pérdida de su hogar que los propios bombardeos. Esas observaciones sentaron las bases de los trabajos de posguerra sobre el apego y sobre el hecho de que un niño necesita algo más que refugio y comida.
La lección se tuvo en cuenta. En la segunda mitad del siglo, los planes de evacuación ya intentaban mantener unidas a las familias o, al menos, dejar a un adulto con cada niño. Esa es la principal lección de una historia que se había planteado como un problema puramente logístico.
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Fuentes
- La evacuación británica de 1939 y la evacuación de niños desde Europa están documentadas en registros de guerra. Las observaciones sobre niños separados sentaron las bases de los trabajos de John Bowlby y Anna Freud a finales de la década de 1940