Cómo funcionaba el sistema de pruebas
En el derecho continental regía una norma formal: se consideraban prueba plena los testimonios de dos testigos presenciales o la propia confesión. Las pruebas circunstanciales, aunque fueran convincentes, no constituían una prueba plena.
Eso creaba un callejón sin salida. Si no había testigos presenciales, pero las pruebas apuntaban a una persona, el tribunal no podía ni condenarla ni ponerla en libertad. La confesión se convertía en la única salida del procedimiento, y el mismo procedimiento contemplaba una forma de obtenerla.
La tortura no surgió del deseo de infligir dolor, sino de la exigencia de obtener una confesión a cualquier precio. El horror fue consecuencia de las reglas sobre las pruebas.
Por qué no funcionaba
El último punto explica los procesos masivos. Cada confesión exigía cómplices, y cada persona nombrada pasaba por el mismo procedimiento y mencionaba a otras. El sistema estaba diseñado para confirmar su propia suposición, sin importar cuántas personas quedaran atrapadas en ella.
Cómo se abandonó
La abolición llegó junto con un cambio en las reglas de la prueba. Cuando los tribunales obtuvieron el derecho de valorar el conjunto de las pruebas según su propio convencimiento, en lugar de contar unidades formales de prueba, desapareció la necesidad de obtener una confesión a cualquier precio.
La misma lógica sustenta la prohibición moderna. No se basa solo en el sentido humanitario: las declaraciones obtenidas bajo presión se consideran poco fiables y, por tanto, no tienen fuerza probatoria, independientemente de lo que digan.
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Fuentes
- La teoría formal de la prueba, con un papel especial para las confesiones, estuvo vigente en el derecho continental hasta finales del siglo XVIII
- el abandono de la tortura fue paralelo al paso a la valoración libre de la prueba por parte del tribunal