No es frialdad, es imprevisibilidad
Hacia 1970, Mary Ainsworth y sus colegas observaron a niños de 1 año en un breve procedimiento de laboratorio llamado «Situación extraña»: la madre salía de la habitación un momento y regresaba. Algunos niños se calmaban rápido y volvían a sus juguetes. Otros fingían que les daba igual. Un tercer grupo se aferraba y a la vez rechazaba, y seguía llorando mucho después de que la madre volviera - a este patrón lo llamaron ansioso-ambivalente. Detrás no había un adulto indiferente, sino inconsistencia: la misma persona a veces respondía enseguida y otras estaba ocupada, irritada o no disponible.
La diferencia importa más de lo que parece. La niña no mide cuánta calidez hay: hace una predicción, ¿qué pasará si llamo? Cuando la respuesta es estable - incluso si es siempre escasa -, la predicción se forma y la tensión baja: puede relajarse o dejar de pedir. Cuando la respuesta parece una lotería, la predicción nunca se forma. La atención sigue puesta en el adulto, no en la habitación con juguetes: apartar la mirada cuesta más, por si justo ahora responde.
Tipo ansioso-ambivalente - alrededor del 14% de los niños en una revisión de 32 muestras
Por qué se consolida una señal más intensa
Si llamar funciona una de cada dos veces, la jugada razonable es intensificarlo: llorar más tiempo, aferrarse más fuerte, preguntar otra vez. Entonces entra en juego un mecanismo estudiado mucho más allá del apego - se aplica a él por analogía. La conducta reforzada de forma impredecible se extingue más lentamente que la reforzada siempre. Cuando la respuesta llegaba cada vez, notas rápido su ausencia y dejas de llamar. Cuando llegaba al azar, una pausa no se lee como «no», sino como «aún no» - y los intentos continúan.
- Respuesta-lotería
- Señal más intensa
- A veces funcionó
- Se consolidó
La versión adulta es la misma, solo que en vez de llanto hay mensajes y preguntas. El trabajo de Hazan y Shaver de 1987 mostró que las relaciones románticas se distribuyen en tipos parecidos, y la estrategia ansiosa se reconoce enseguida: detectar pronto señales de distanciamiento y reaccionar con intensidad. Aquí hace falta una salvedad que cambia la conclusión: la conexión entre el tipo infantil y la adultez no es una línea recta. Su estabilidad es baja, y la personalidad y las relaciones cercanas posteriores la modifican notablemente. Es un hábito aprendido de predecir, no una condena.
¿Por qué una niña puede llorar más y aferrarse a un adulto?
¿Qué ayuda a debilitar la estrategia ansiosa al comunicarse?
Fuentes
- Ainsworth et al., «Patterns of Attachment» (1978)
- van IJzendoorn y Kroonenberg, revisión transcultural de la «Situación extraña», Child Development (1988)
- Hazan y Shaver, Journal of Personality and Social Psychology (1987)
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